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De Rivadavia a Macri, las mil y una maneras de administrar eso llamado “Economía” Entre el "superministerio" de Cavallo y los actuales "miniministerios", hubo variantes para todos los gustos

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    Buenos Aires, may 20 (ANP) – A partir de mañana, el organigrama del gabinete presidencial seguirá siendo el mismo que rige hasta hoy.
    Sin embargo, por fuera de las formalidades, habrá un cambio que se le reclamaba al gobierno desde su mismo inicio: el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, pasará a coordinar toda el área económica que el presidente Mauricio Macri resolvió desperdigar entre ocho carteras y la Jafatura de Gabinete.
   Los supuestos temores a la convivencia con un “superministro” como Domingo Cavallo en los tiempos de Carlos Menem y Fernando De la Rúa, habría llevado a esta particular estructura administrativa en la que el poder de decisión está tan diseminado que, en definitiva, nadie sabe quién es el que tiene la última palabra. De un extremo a otro, Economía también está buscando su “valor de equilibrio” como el dólar.
   Un ejemplo de esa pulverización del área económica pudo comprobarse desde el inicio de la gestión del actual gobierno. Los subsidios, tema recurrente en la agenda cotidiana de los argentinos, pasa por la órbita de muchos ministerios, pero en ningún caso por el de Hacienda, a pesar de ser un factor eminentemente fiscal. Ni Dujovne ni su predecesor Alfonso Prat-Gay participaron de los anuncios de aumentos tarifarios.
   El propio Dujovne se vio en un aprieto en su última conferencia de prensa y tuvo que ensayar una respuesta de circunstancia cuando se le preguntó quién era el jefe de todos los ministros del área económica.
   Pero habrá que admitir que ese oscuro objeto del deseo llamado “Economía” ha causado desvelos a muchos otros presidentes antes que a Macri. Y un rápido repaso histórico permite comprobar que los cambios fueron muchos más de lo que se cree.
   En la mayoría de los casos, el límite que establecía la Constitución de 1853 en el número de ministerios (5 al principio, 8 a partir de 1898) impedía desarrollar demasiada “creatividad”. Un límite que, obviamente, no tuvieron las administraciones dictatoriales. Pero las constituciones de 1949 y 1994 dejaron librada la cantidad de ministerios a lo que se estableciera por ley.
     Hasta 1898, todo quedaba concentrado en el Ministerio de Hacienda, en una organización estatal que recién comenzaba a delinearse. Así había comenzado en 1826 cuando el primer presidente, Bernardino Rivadavia, designó a quien inevitablemente también fue el primer ministro de Hacienda, Salvador María del Carril, que volvería al la función pública 28 años después como vicepresidente de Justo José de Urquiza.
    Con el inicio de la segunda Presidencia de Julio A. Roca, se dividió el hasta entonces inalterado Ministerio en tres: Hacienda, Agricultura y Obras Públicas. Una distribución funcional que se extendió por 48 años y es, hasta el momento, la que más perduró.
   Los cambios que representó la gestión de Juan Domingo Perón en 1946 tuvieron su correlato en un nuevo organigrama. A lo largo de su Presidencia, se valió -no siempre de manera simultánea- de los ministerios de Hacienda, Agricultura, Finanzas, Industria y Comercio, Asuntos Económicos, Transporte y Obras Públicas.
   Tras el golpe de 1955, la brevedad de la gestión de Eduardo Lonardi no fue un obstáculo para que el área económica tuviera siete ministerios: Hacienda, Finanzas, Industria, Agricultura y Ganadería, Comercio, Obras Públicas y Transporte. Un esquema parcialmente respetado por su sucesor Pedro Aramburu, quien fusionó las carteras de Industria y Comercio.
   El presidente Arturo Frondizi presentó en 1958 una reestructuración que, a grandes rasgos, es la que se mantuvo en la cinco décadas siguientes. Concentró todas las áreas en el Ministerio de Economía (por primera vez tuvo esa denominación), con la excepción de Obras y Servicios Públicos, que continuó con rango ministerial. Hacienda, Finanzas, Comercio, Industria, Agricultura y Ganadería pasaron a ser secretarías del primero, en tanto Obras Públicas, Transporte, Energía y Comunicaciones secundaron al segundo. Por si no bastara, en una primera etapa contó con la Secretaría de Relaciones Económicas y Sociales (a cargo de Rogelio Frigerio, abuelo del actual ministro del Interior) y, posteriormente, institucionalizó dos entidades que mostraban el interés en la planificación y la coordinación interprovincial: el Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE) y el Consejo Federal de Inversiones (CFI).
    Como en estas historias no pueden faltar las curiosidades y coincidencias, el primer ministro de Economía llevaba el mismo apellido que aquel titular de Hacienda de 1826. Fue Emilio Donato del Carril.
   El esquema fue mantenido por Arturo Illia (José María Guido había concentrado todo en el Ministerio de Economía), hasta que el golpe de 1966 marcó el inicio de nuevas alteraciones.
   Los tres dictadores de la denominada “Revolución Argentina” no coincidieron en la materia. Juan Carlos Onganía concentró todo en el Ministerio de Economía y Trabajo; para Roberto Levingston hubo dos carteras: la mencionada de Economía y Trabajo y la de Obras y Servicios Públicos, en tanto el cambio de Alejandro Lanusse consistió en denominar “Hacienda y Finanzas” al primero de los ministerios mencionados.
   Héctor Cámpora, Raúl Lastiri, Juan Domingo Perón y María Estela Martínez volvieron a las fuentes y dejaron todo en manos del Ministerio de Economía, postura que mantuvo el dictador Jorge Videla, si bien por un breve lapso creó el Ministerio de Planeamiento.
   Su sucesor Roberto Viola dejó sin efecto la concentración iniciada por Frondizi y tuvo cinco ministerios: Economía, Hacienda y Finanzas; Agricultura y Ganadería; Industria y Minería; Obras y Servicios Públicos y Comercio e Intereses Marítimos.
   Leopoldo Galtieri retomó la división en dos ministerios (Economía y Obras y Servicios Públicos), que se mantuvo hasta el primer año de la gestión de Carlos Menem, con una interrupción con Reynaldo Bignone, con quien Economía volvió a absorber todo.
   A partir de enero de 1991, Menem fusionó todo en el Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos. Así nació el temido “superministerio” que, comandado por Cavallo, marcó a fuego a todos los sucesores de Menem, que buscaron por diferentes medios evitar que se reiterara esa concentración de poder.
    El primero fue Fernando de la Rúa, aunque demoró más de un año para decidir la división en Economía por un lado e Infraestructura por otro.
   Eduardo Duhalde tuvo los ministerios de Economía y de Producción y Néstor Kirchner el de Economía y Producción por un lado y el de Planificación, Federal, Infraestructura y Servicios por el otro.
   A lo largo de los ocho años de la Presidencia de Cristina Fernández, la división heredada en dos ministerios fue experimentando paulatinas modificaciones. Economía y Producción terminó siendo “Economía y Finanzas Públicas”, de donde se separó en una primera instancia Producción, que luego volvió a dividirse en Industria y Agricultura. Por su parte, Julio de Vido debió resignar el área de Transporte, que pasó a ser un aditamento del Ministerio del Interior.
   La división del área económica en cinco ministerios parecía un exceso… hasta que asumió la Presidencia Mauricio Macri.
   En la versión original, el macrismo dividió el área económica en ocho ministerios: Hacienda y Finanzas, Producción, Modernización, Comunicaciones, Agroindustria, Energía y Minería, Transporte e Interior, Obras Públicas y Vivienda. Posteriormente, Hacienda y Finanzas se dividieron en dos carteras y Comunicaciones fue absorbida por Modernización.
   Esta última estructura seguirá vigente a partir de mañana. El cambio no estará escrito en ningún decreto sino en la decisión presidencial de, al menos, acotar la diseminación del poder de decisión en un área tan importante como la económica. Los ministerios seguirán siendo los mismos, pero habrá uno que se impondrá como el primus inter pares.
   Como para que Dujovne sepa qué responder en la próxima conferencia de prensa en la que le pregunten quién es el jefe.

¿AY not dead? Aunque falleció hace 20 años, Alfredo Yabrán sigue vigente en el imaginario popular y la pregunta ¿AY not dead? ya es patrimonio argentino

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Buenos Aires, may 20 (ANP).- Mitos urbanos hay a montones en Argentina, un país que siempre está al borde de la insania, pero pocos tan novelescos y retorcidos como el que gira en torno a Alfredo Yabrán, el poderoso empresario menemista que hizo de su rostro un misterio y que, por esas ironías del destino, murió desfigurado.

La verdad es que vivo o muerto, Alfredo Yabrán no tendrá paz por muchos años, al menos hasta que muera el último argentino convencido de que su suicidio fue tan solo una puesta en escena barata en la que algún pobre infeliz fue plantado en su lugar, cuando en realidad él todavía anda por ahí con otro nombre y otra cara, quizás asoleándose en algún lugar de Medio Oriente, la tierra de sus ancestros.

El hombre antes del mito

Alfredo Enrique Nallib Yabrán había nacido en 1944 en Larroque. Hijo de libaneses, se destacó en los negocios desde joven en el área de servicios de seguridad y amasó una fortuna en los años ’70.

Fuertemente vinculado al gobierno de Carlos Menem, tuvo poder, impunidad, dinero y gloria, todo desde el más absoluto y conveniente anonimato, hasta que en agosto de 1995 la rueda de la fortuna giró al revés y se puso en marcha el engranaje de un encadenamiento de tragedias.

En ese momento el superministro de Economía, Domingo Cavallo, lo nombró en plena sesión en el Congreso acusándolo de liderar una organización mafiosa dedicada al tráfico de drogas y de armas, además de valerse de testaferros para controlar empresas como OCA, Intercargo, Interbaires y otras. A partir de ahí, el desconocido nombre de Yabrán pasó a estar en boca de todos y su cara se convirtió en blanco de la prensa.

Hasta entonces se hablaba mucho de que su foto era una figurita difícil, no sólo porque casi nadie lo podía identificar sino porque además tomarle la instantánea era desafiar al Diablo. La frase más famosa que se le atribuye es esa que decía que tomarle una foto era como “pegarle un tiro en la frente”. Dicen que se jactaba de que ni siquiera los servicios secretos se habían animado.

Pero nunca falta un temerario y, en malahora, a Yabrán se le cruzó uno de ellos, el fotógrafo de la revista Noticias, José Luis Cabezas.

La tapa de la revista Noticias

La historia que sigue es archiconocida: Cabezas se dio el gusto y en el verano de 1996 le sacó la foto pero el trofeo les costaría caro a todos. A Cabezas desde ya, porque en los meses siguientes sería blanco de amenazas hasta el verano de 1997, cuando fue asesinado en Pinamar, y también les costó a Yabrán y al gobierno que había cobijado al empresario.

El crimen de Cabezas conmocionó al país y marcó un quiebre para el menemismo, que ya venía en baja. Todos apuntaron a Yabrán como autor intelectual del asesinato, y también al Gobierno, por apañarlo. La Justicia comenzó la investigación que tenía al empresario como centro y su entorno le aconsejó salir a hablar públicamente. Sin embargo, era tarde. Nadie le creía y para el gobierno de Menem se había convertido en una enorme piedra atada al cuello que amenazaba con hundirlo en las próximas elecciones presidenciales. Como dicen los fatalistas, la suerte estaba echada.

Nace el mito

Para mediados de mayo del ’98 ya no parecía haber manera de evitar que Yabrán fuera detenido y acusado formalmente de ordenar la muerte del fotógrafo. El Gobierno venía soltándole la mano y sus custodios más algunos otros policías estaban fichados como autores materiales, hasta que una mujer policía confesó que había sido Yabrán quien encargó el asesinato de Cabezas a su esposo, el oficial Gustavo Prellezo, con lo cual se libró la orden de captura. Cinco días después, cuando la detención era inminente, Yabrán fue encontrado muerto en su estancia en Entre Ríos junto a una carta donde juraba su inocencia. Tenía 53 años.

La noticia fue un shock y, para la gente, una confirmación de la impunidad de la corrupción que se había enquistado en el país. El primer reporte dijo que Yabrán se había suicidado con un disparo de escopeta que, literalmente, le había aplastado el rostro que tanto había protegido de los curiosos, y obviamente lo primero que se preguntaron los argentinos fue cómo era posible tener la certeza de que era Yabrán si estaba completamente desfigurado.

En los días siguientes fueron saliendo a la luz detalles que no hacían más que abrir nuevas preguntas. Por ejemplo, cómo pasó Yabrán cinco días sin ser detectado por la policía cuando era tan fácil encontrarlo, porque simplemente estaba en una estancia de su propiedad. Cinco días en los que, además, no se quedó quieto ni se esforzó en pasar desapercibido: testigos aseguraron haber visto camionetas, custodios, movimientos raros y caras nuevas en los alrededores, mientras él hacía llamadas, escribía cartas y daba instrucciones a través de su teléfono satelital. Hasta recibió a uno de sus hijos.

Era inevitable que con tanta pregunta dando vueltas naciera el mito urbano de un complot oficial para montar un suicidio y ayudar a escapar a un Yabrán que hoy estaría vivito y coleando en algún lugar del planeta, o que al menos no murió en la estancia San Ignacio aquel 20 de mayo de 1998.

La investigación estuvo llena de signos que no hicieron sino alimentar la leyenda. La jueza Graciela Pross Laporte sostuvo que el cuerpo era de Yabrán sin esperar el resultado de la prueba de ADN y hubo varios peritos que nunca pudieron explicar cómo fue que el cráneo no estalló al recibir los 32 perdigones que se le incrustaron, tal como marcan la ciencia y la lógica.

Y por supuesto, a todo eso se agregaron los rumores incomprobables: que fue el propio Yabrán quien llamó a la comisaría de Entre Ríos para avisar que estaba ahí con el objeto de iniciar la puesta en escena de su escape; que un hombre muy similar físicamente desapareció sin dejar rastros (que habría sido asesinado para ocupar su lugar y que es quien realmente reposa en la tumba de Pilar); que alguien reportó que Yabrán cruzó a Brasil; y que estaba todo listo para trasladarlo a Uruguay, desde donde finalmente partió el 21 de mayo de 1998 con rumbo desconocido y hacia su nueva vida.

Sin embargo, con el tiempo, las muestras tomadas a sus hijos revelaron que el cuerpo sí era de Yabrán. Reemplazar la muestra de sangre y tejidos y cambiar las huellas digitales de los registros oficiales no era tarea imposible -sobre todo para un hombre con tantas conexiones y poder-, pero sí ardua y, sobre todo, aparatosa. Difícil de llevar a cabo sin dejar un ejército de cabos sueltos (léase cómplices).

Si realmente fue él quien ordenó matar a Cabezas o si alguien más utilizó la historia de la foto para cargarle un muerto, si lo obligaron a dispararse para proteger a su familia, si lo entregaron, si el Gobierno lo abandonó, son todas preguntas que muy pocas personas pueden responder y que nunca se contestarán.

Dice el mito que la marca Ay Not Dead refiere a que el empresario escapó con vida

Lo cierto es que la historia de su desaparición física fue eje de innumerables chistes y pasó a integrar el folklore de mitos argentinos. La canción de Bersuit, “La argentinidad al palo”, lo menciona cuando dice que “encontraron el muñeco de Yabrán con un tiro en la cabeza”, y también fue base del personaje de Jorge Marrale en la telenovela Vidas Robadas, donde un corrupto empresario finge su suicidio. Y ni hablar de la marca de ropa Ay Not Dead, que jamás quiso aclarar el significado de tan extraño nombre.

Para los que se ríen de las teorías conspirativas, el nombre de esta marca tan sólo hace un juego fonético con Ay, que suena igual que “Yo” en inglés, y en ese caso simplemente quiere decir “No estoy muerto”. Pero para las legiones de argentinos desconfiados, refiere a la creencia urbana de que “Ay” es la sigla de Alfredo Yabrán, quien ahora mismo envejece en algún lugar del mundo, o que quizás ya falleció debido a una enfermedad o accidente en el transcurso de estos 20 años, pero en un tiempo y lugar muy distintos a los que quedaron plasmados en esa acta de defunción en la que todavía hoy no todos creen.

En Vidas Robadas, Jorge Marrale personificó a un oscuro empresario que finge suicidio

 

Cuando Menem renunció a los honores, pero no a las mañas Hoy se cumplen 15 años de la renuncia del riojano al balotaje con Néstor Kirchner

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Buenos Aires, may 14 (ANP).- La elección en primera vuelta del 27 de abril de 2003 había dejado todo listo para un acontecimiento inédito: el primer balotaje argentino, que iba a enfrentar al que había sido Presidente por diez años, Carlos Menem, con el entonces ignoto gobernador de Santa Cruz, Néstor Kirchner.

En 1973 hubo un amague, cuando el resultado de los comicios puso a Héctor Cámpora y a Ricardo Balbín en posición de batirse en el gran duelo electoral. Pero Balbín desistió, Cámpora fue proclamado Presidente de la República, y la figura de la segunda vuelta quedó sin estrenar.

Por eso suponemos que ese 27 de abril Néstor Kirchner habrá soñado con la consagración, con vivir ese momento único de domingo electoral en el que los medios de todo el país iban a gritar su nombre con bombos y platillos como nuevo Presidente de los argentinos, con un porcentaje que -con el menemismo en picada- prometía ser suculento.

Ese hubiera sido su destino el 18 de mayo de 2003, día fijado para el balotaje, de no haber tenido enfrente a Carlos Menem, político que sabía mucho por viejo, pero -sobre todo- por zorro.

Eran tiempos de desesperanza (más que ahora), el recuerdo de la crisis del 2001 estaba fresco, el enojo con los partidos políticos que habían llevado al desastre era enorme, y Menem tenía una intención de voto bajísima. Aunque Kirchner había calificado en la primera vuelta con una nota todavía más baja (22,24%), Menem apenas había sacado 24,45%. Todo apuntaba a que el desconocido Kirchner se llevaría la gloria y el archiconocido Menem, el fracaso estrepitoso.

Pero el hombre que hizo bailar a la reina de Inglaterra sin que la guardia real pudiera reaccionar no se iba a ir sin hacer algún lío, y Menem se las ingenió para tener al país en vilo durante días, creando incertidumbre sobre si se presentaría o no al esperado balotaje. Por fin, faltando cuatro días para el evento, se hizo un secreto a voces que el riojano se bajaba, privando a su contrincante de la adrenalina del recuento de votos y, sobre todo, de ese número abrumador de votos con el que iba a hacerse del sillón de Rivadavia.

Suponemos que fue demasiado para Kirchner quien, rápido de reflejos, quiso atrapar algo del protagonismo que le estaban robando y pronunció un discurso durísimo en el que dijo que las encuestas que auguraban a Menem una “derrota sin precedentes permitirán que los argentinos conozcan su último rostro: el de la cobardía, y que sufran su último gesto: la huida”.

Claramente, entre los dos gestos cobardes a Kirchner le dolía la huida porque era el que hacía añicos su foto de la consagración en el bunker, con una lluvia de papelitos de fondo. Una foto que hasta Mauricio Macri, el más resistido de todos los presidentes, tiene enmarcada en una repisa.

Apenas horas después de las palabras de Kirchner, Carlos Menem anunciaba su renuncia al balotaje desde La Rioja, en un spot televisivo que puso al aire el canal local. En ese último mensaje le contestaba a Kirchner restregándole en la cara su paupérrimo presente -el 22% de los votos- y su oprobioso pasado. “Él viene del montonerismo; yo soy un hombre del Justicialismo que supo luchar en contra de los Montoneros. Que se quede con su 22%, yo me quedo con el pueblo“, resumió. No quedaba nada de la buena relación que habían tenido, cuando Kirchner dijo que Menem era “el mejor presidente desde Perón”.

Aquel mensaje de Menem también tuvo palos para Eduardo Duhalde, al que acusó de forzar al país a ir a un balotaje que significaba un riesgo de ingobernabilidad por colocar a un mandatario que llegaba al poder casi de casualidad y con tan baja cantidad de votos. Además, denunciaba la infaltable “campaña de calumnias sistemática” contra su persona. Pero lo mejor del mensaje fue el inicio: antes de anunciar que se bajaba del balotaje, citó a Eva Perón para jurarle a todos los argentinos: “renuncio a los honores y a los títulos, pero no a la lucha”.

Esa fue quizás la última promesa incumplida de Carlos Menem porque esa renuncia marcó el fin de su carrera política, y él seguramente lo sabía. Aunque siguió vinculado hasta el presente a través de una banca en el Congreso, sus participaciones se limitaron a la votación de rigor en el recinto. Ya nunca volvió al centro de la escena política.

Néstor Kirchner se quedó sin el domingo de balotaje y sin el porcentaje alto, pero a cambio le esperaba la asunción en una fecha patria, el 25 de Mayo, y también le esperaba mucho poder, con una gestión de cuatro años que iba a ser bendecida por los dólares de la soja y por un sistema energético heredado que todavía funcionaba, al que seguirían dos períodos presidenciales de su esposa Cristina. Ella sí se llevaría la satisfacción del 54% de los votos.

Sin embargo, la chapita de “Triunfador en el Primer Balotaje Argentino” quedó para el que (según el PJ, el FpV y toda la Izquierda) encarna la sumatoria de todos los males neoliberales , el amigo de los buitres, del FMI y de los villanos del Universo Marvel: Mauricio Macri.

Varios años más tarde, en 2016, con tanta agua que había pasado bajo el puente y con Néstor Kirchner ya fallecido, en Radio 10 le preguntaron a Menem sobre los motivos por los que había decidido no dar la pelea aquella vez, como si hubiera quedado alguna duda.

Menem, que nunca perdió las mañas y la viveza de animal político, no admitió que quiso ahorrarse el mal trago de la derrota y dijo que lo hizo porque “ya estaba bastante agotado” y porque después de 10 años de gobierno pensó que era tiempo de que otro se hiciera cargo.

Antes muerto que derrotado, el riojano se mantuvo en sus trece y dejó en el olvido aquel día en que se vio despojado de poder y se bajó de la arena política sabiendo que era una despedida.

El “dólar de equilibrio” suma más de medio siglo de fracasos Los intentos por encontrar la “paridad ideal” se esfumaron antes de lo previsto

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Buenos Aires, may 12 (ANP) – En una sociedad normal, los fines de semana se destinan al descanso. No viene al caso referirse al cúmulo de anormalidades que caracterizan a la Argentina desde ya no se sabe cuándo, pero entre hoy, mañana, el lunes y las primeras horas del martes un batallón de funcionarios del Gobierno nacional buscará convencen a directivos y gerentes de bancos, fondos de inversión, empresas, gobernadores e intendentes para que renueven todas o la mayor parte de sus tenencias en lebacs.

A su vez, los gerentes financieros se devanarán los sesos para darles a los accionistas de sus compañías la explicación más convincente sobre cuál es la mejor de las opciones, las filiales de empresas extranjeras harán lo propio con sus mandamases de las casa matrices y en los encuentros familiares no faltará el primo que tiene la posta para dar la cátedra de sobremesa.

Todo esto a la espera de un vencimiento de letras del Banco Central que, como las tormentas de cada año, nunca fueron tan grandes. No será el cambio climático, pero en el caso de las lebacs es el resultado de un esquema más o menos previsible. Cada 28 ó 35 días (en este caso 36, por el feriado del 20 de junio que recuerda el fallecimiento de alguien que murió diciendo “¡Ay, Patria mía!”) se renuevan vencimientos de un monto de letras que va creciendo a medida que capitaliza los intereses pactados en cada licitación.

No hay más que repasar las licitaciones de este año. En enero, los vencimiento fueron de $ 398.487 millones, que subieron a $ 492.878 millones en febrero, volvieron a subir a $ 526.197 millones en marzo y, para variar, crecieron hasta $ 586.646 millones en abril. En todos los casos se trato de un “récord”, como lo serán los $ 680.000 millones de este martes… hasta que la licitación de junio nos ofrezca una nueva plusmarca.

Y si todo esto no bastara para coronar la anormalidad de este fin de semana de locura, el dólar no podía abandonarnos… como tampoco los gurúes, consultores, empresarios y periodistas arriesgando el famoso “valor de equilibrio” de su cotización. Una vieja apuesta en la que el premio sigue vacante hace más de medio siglo. Un rápido repaso de los sucesivos fracasos en fijar el valor mágico que solucionase todos los problemas habidos y por haber podría servir de lección a los que por estos días persisten en incurrir en ese error. Pero no hay que hacerse demasiadas esperanzas: si el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, los argentinos hacemos gala de una humanidad desbordante en lo que al valor de equilibrio del dólar se refiere.

En 1962, Álvaro Alsogaray comprobó en carne propia que no era lo mismo ser ministro de Arturo Frondizi que de José María Guido. Después de su experiencia con el primero de los dos presidente, con un dólar clavado en $ m/n 83 por tres años, reasumió en Economía con el segundo el 30 de abril. Esa vez, el número mágico del “equilibrio” rondaba los 100 pesos. El capitán ingeniero fue desplazado el 7 de diciembre, con el dólar a 153…

Veinticinco años antes de hablar con el corazón a un país que le contestó con el bolsillo, Juan Carlos Pugliese asumió un 19 de agosto de 1964 como ministro de Economía del presidente Arturo Illia con un dólar a $ m/n 145, una paridad que en menos de dos años, al momento del golpe de Onganía, se elevó a $ m/n 239. Un 65% en 22 meses, nada mal en comparación con lo que le tocó un cuarto de siglo después.

El 4 de junio de 1975 fue el turno de Celestino Rodrigo, que creyó que su inicial y modesta suba del 16% en la cotización del dólar sería suficiente. Cuarenta y ocho días después, al momento de su renuncia, el “equilibrio” había subido un 36%, si se toman como referencia las cotizaciones del mercado libre, porque la diferencia fue mucho más amplia respecto del oficial. De todos modos, cualquier porcentaje elegido es modesto al lado del 587% acumulado al momento del golpe del año siguiente.

En el medio de las dos experiencias de equilibrios desequilibrados, la moneda local había dejado dos ceros en el camino. El “peso moneda nacional” dejaba su paso al “peso ley (18.188)”. Todavía faltaban liquidar a once ceros más. Pero no está de más traer a colación un viejo ejercicio que explica mejor que cualquier economista por qué la gente prefiere al dólar antes que las hiperdevaluadas monedas locales:

El 31 de diciembre de 1969 fue el último día de vigencia del peso moneda nacional. Quien ese día tuviera en su poder diez billones de esa moneda, es decir $m/n 10.000.000.000.000, tendría la opción de cambiarlos por dólares o conservarlos. En el primer caso, hoy tendría US$ 28.409.090.909,09. En el segundo… $ 1.
El golpe de 1976 vino con José Alfredo Martinez de Hoz como superministro del dictador Jorge Videla. A lo largo de sus cinco años de gestión, la cotización del dólar se incrementó un 745%, pero eso no evitó que el peso tuviera una apreciación inédita. La inflación del lustro en cuestión fue del 9.092,8%.
Recordado por su frase “el que apuesta al dólar pierde”, Lorenzo Sigaut también creyó encontrar su punto de “equilibrio” con una suba del 18% del dólar, que el 2 de abril de 1981 quedó $ 2.900. Cuando el 22 de diciembre lo reemplazó Roberto Alemann, la cotización se había desequilibrado un 245%.
El 6 de febrero de 1989, el tándem Sourrouille- Machinea resolvió dejar de lado la por entonces denominada “flotación sucia” (hoy se prefiere el adjetivo “administrada”) y liberar el dólar, que saltó de 17 australes a su punto de “equilibrio” de 24. Cinco meses después, la flamante administración menemista fijó su “equilibrio” en 650 australes. El año terminó con un dólar a 1.950 australes, una suba del 8.025% en once meses.
Trece años después, el presidente Eduardo Duhalde y su ministro Jorge Remes Lenicov dieron inicio al fin de la convertibilidad entre el peso y el dólar con un “valor de equilibrio” de $ 1,40 que no duró ni un día. En dos meses ya estaba en $ 4 hasta que comenzó una tendencia a la baja, que le permitió en 2003 al recién asumido presidente Néstor Kirchner expresarse a favor de un nuevo “valor de equilibrio”: $ 3. Esas declaraciones fueron el motivo del primero de los encontronazos que tuvo con su primer presidente del Banco Central, Alfonso Prat-Gay, quien se quejó por “los disparates que le hacen decir” al presidente.

El kirchnerismo terminó su gestión con algo más que un desequilibrio en la paridad del dólar. Contenido por un cepo durante cuatro años, su valor quedó tan artificialmente barato que ocurrió algo que echó por tierra todas las premisas del manual del buen comerciante. El Banco Central y la AFIP anunciaban de manera oficial que le vendían a la gente el dólar un 20% más caro de lo que supuestamente valía. Y la gente se desesperaba por comprar dólares en una oferta al revés… Desde ese 25 de mayo de 2003, el viejo “valor de equilibrio” se había desequilibrado un 227% en el inaccesible mercado oficial, 293% con la “oferta” del sobreprecio del 20% y 400% en el mercado paralelo.

En esas circunstancias asumió como ministro de Hacienda aquel presidente del Banco Central que había criticado el “disparate” de Kirchner. Con Prat-Gay se dio inicio a otro “valor de equilibrio” de $ 15, que a fines de 2017, ya reemplazado por Nicolás Dujovne, se elevó a $ 17.

Parece que hubieran pasado años, pero hace menos de un mes el “valor de equilibrio” era de $ 20, que en el curso de la semana pasada no paró de subir. Mientras Cristiano Rattazzi se juega por los $ 26 y algunos de sus colegas arriesgan sotto voce más de $ 30, los más prudentes recomiendan esperar a la licitación del martes para fijar una paridad.

En cualquier caso, no debe perderse de vista que la paridad cambiaria no es una entelequia y en su valor entran en juego varios factores, como la competitividad de los sectores exportadores, la inflación, el déficit fiscal y -si de lebacs se trata- el cuasifiscal. Más de medio siglo de antecedentes puede ser aleccionador en un fin de semana especial.

El día que Dujovne dijo que “no estaría mal” financiarse con el FMI No obstante, consideró el "costo político" y que si se recurría al mercado se estaría mostrando "un mayor grado de independencia

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Buenos Aires, may 8 (ANP) – Diez meses antes de asumir como ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne consideró que “no estaría mal” recurrir a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), aunque admitió que esa decisión acarrearía un “costo político” que sería conveniente evitar financiándose en el mercado de capitales, lo que a su vez mostaría que el país tiene “una mayor grado de independencia”.

La intervención de Dujovne tuvo lugar el 14 de marzo de 2016 en el programa “Odisea Argentina”, conducido por Carlos Pagni, que en la actualidad se emite por el canal La Nación+ y por entonces transmitía Todo Noticias.

En su rol de columnista económico del programa, Dujovne se presentó en la ocasión portando un cartel con la frase “No volvamos  al Fondo”, que por entonces era una consigna de sectores de la oposición, en particular de diputados del kirchnerismo.

“Hay una campaña extrañísima organizada por el ex oficialismo -dijo por entonces Dujovne- donde se asocia el arreglo con los holdouts con volver al Fondo. Justamente, me parece que es casi, casi una propuesta contrapuesta (sic) a la del gobierno, que es salir del default, poder financiarse en los mercados internacionales para no tener que ir al Fondo”.

El futuro ministro agregó que “la Argentina ha elegido no ir al Fondo, ha elegido la vía gradualista, vía endeudamiento en el mercado y no con el FMI, porque el FMI de repente quiere imponer condionamientos que Argentina no va a querer tomar”.

No obstante, al preguntársele si no sería conveniente recurrir al FMI, que ofrecía tasas más bajas, Dujovne manifestó: “Yo creo que tendría lógica ir, que no estaría mal, entiendo los condicionamientos políticos. Entonces, si la Argentina puede financiarsre en el mercado a una tasa razonable”.

“Razonable para la Argentina sería arrancar pagando por la deuda que va a emitir para cancelar deuda 7,5% y que ese costo vaya bajando hasta el 6% en los próximos trimestres. Estaría todavía por la tasa a la que se financian nuestros vecinos, Uruguay, Perú, Chile. Brasil hoy se financia al 6%”, indicó.

Sin embargo, acotó que si bien “la tasa que te cobra el Fondo es más barata, a cambio te pide programas de monitoreo que no serían tal vez tan distintos a las políticas que va a aplicar la Argentina, pero tiene un costo político”.

“El gobierno ya está pagando costos políticos por otro lado y es lógico que quiera evitar ese. Si uno hiciera un mero análisis financiero de qué deuda es más barata, bueno, el Fondo es más barato que el mercado. Pero si uno puede tomar deuda del mercado, también está mostrando un mayor grado de independencia que evita el costo político de tomar ese camino”, finalizó Dujovne, 303 días antes de asumir como ministro de Hacienda.

El IPC de Moreno cumple 10 años… y sigue en discusión La intervención del Indec comenzó con las cifras de la inflación, y llegó hasta el índice de pobreza

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Buenos Aires, mayo 7 (ANP) .- Fue una mañana en el moderno (y de estilo impersonal) Sheraton de Pilar, donde hace diez años la entonces directora del Indec, Ana María Edwin, junto a la directora de Indices de Precios de Consumo, Beatriz Paglieri, y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, anunciaban el nuevo Índice de Precios al Consumidor, lo que sería solo la punta del iceberg de las manipulaciones estadísticas que llevaría adelante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner

Porque, como sucede en Argentina, si no podemos bajar la fiebre, lo que hacemos es romper el termómetro. Y como desde el 2005 la inflación se resistía a bajar del 10 %, el Secretario de Comercio, Guillermo Moreno, intervino el Indec, desplazó a sus directivos, y comenzó la tarea de “retocar” el Índice para que de menos de dos cifras.

Pero esa no fue una tarea inmediata. Lo cierto es que la intervención se llevó un par de meses para dar redondear este nuevo Índice de Precios al Consumidor, que vio la luz un día cono hoy, pero miércoles, durante una reunión internacional en la que especialistas iban a debatir cuáles eran los mejores instrumentos estadísticos.

En ese escenario, se presentó el nuevo IPC, con la medición 440 tipos de productos, la mitad de los que relevaba hasta antes de la intervención el organismo, y sin muchas explicaciones, se cambiaba la ponderación de cada uno de ellos, y se eliminaban los precios de referencia, que hasta ese momento se publicaban.

Atrás habían quedado las críticas de legisladores, e integrantes del propio Indec por estos cambios. El presidente Néstor Kirchner luego avaló lo hecho diciendo que si se seguía con esas cifras, se tenía que pagar mucho más por los bonos atados a la inflación.

Ese miércoles, un Alberto Fernández exultante decía: “Siento que después de un año de discusión estamos poniendo las cosas en orden, y quiero decir que, en materia de innovación, fuimos conservadores”.

Ese Fernández, (Alberto, no Aníbal) justificó los cambios al decir que se corregían “distorsiones” del pasado, y como ejemplo puso se dejaban atrás el relevamiento de los precios de los productos suntuarios, como los viajes al Caribe o rosas colombianas o el servicio doméstico, que estaban incluidos en la anterior medición.

Por su parte, Edwin no ahorró calificativos y dijo que: “Hoy es un día muy importante para la Argentina y los argentinos (sic). Estamos sincerando qué cosas se hicieron mal en el Indec, los incumplimientos que se daban en el organismo”.

Pero lo que comenzó con un cambio “metodológico” para la medición, se fue transformando con el correr de los días, meses, años, en un “dibujo” de los números, ya que la inflación no solo no bajaba, sino que además, aumentaba.

Ademas, se dejaron de hacer los relevamientos de inflación que venían haciendo las provincias, porque diferían con los del Indec, y además se prohibió la difusión de las estimaciones privadas.

Esta tendencia de cambiar las cifra alcanzó también al Índice de Pobreza. Para la medición del segundo semestre del 2013 el Indec aseguraba que solo el 4,7% (si, cuatro coma siete por ciento) de los argentinos era pobre, y entre ellos 1,4% era indigente. 

Ese año asumió Axel Kicillof el Ministerio de Economía y en búsqueda de una normalización, desplazó a Moreno, y terminó con la medición de la pobreza que resultaba a todas luces insostenible. Años después dijo que eso “estigmatizaba” a los pobres…..

En barras oscura la medición del PBI según el Indec intervenido, y en celeste la medición corregida.

Sin embargo, no se corrigió la manipulación. Si antes la inflación con Moreno oscilaba entre el 0,6% y 0,8%, con Kicillof era entre el 1,1% y el 1,3%.

Incluso, las cifras del PBI se “corregían” de acuerdo a las necesidades de turno, y la Balanza Comercial que en el 2015 cerró, en la medición kirchnerista, con un superávit de u$s 2.000 millones,  debió corregirse para dejar en claro que ese año cerró con un déficit de u$s 3.300 millones.

Pero la historia parece seguir a quienes la escribieron (o dibujaron) El pasado 2 de marzo Guillermo Moreno obtuvo el sobreseimiento del juez Rodolfo Canicoba Corral en la causa en la que estaba acusado de haber manipulado los índices del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).

Sin embargo, a comienzos de abril, los jueces Martín Irurzun y Eduardo Farah, integrantes de la Sala II de la Cámara federal porteña decidieron revocar el fallo y así procesar a Guillermo Moreno, y a un grupo de funcionarios que lo acompañaron en su gestión: Ana María Edwin, Beatriz Paglieri, Celeste Cámpora Avellaneda y Marcela Filia como presuntos autores de los delitos de violación de secretos, abuso de autoridad, violación de registros y documentos, y falsedad ideológica.

“Lo que aquí es objeto de reproche es la introducción de cambios en la forma en que se venía realizando sobre el IPC, en contradicción a principios básicos y comunes a toda metodología estadística conocida, para la consecución de objetivos extraños a las finalidades y funciones del INDEC; todo ello de manera intempestiva, unilateral y prescindente de la práctica del organismo”, plantearon los camaristas.

Diez años después…….¿Será Justicia?

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