BUENOS AIRES (ANP).- Para llevarse bien con Donald Trump no hace falta ser de izquierda ni de derecha, sino poseer una química especial como le ocurrió esta semana al presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.

Al final, después de algunos desencuentros en las relaciones bilaterales, el mandatario estadounidense y su par sudamericano volvieron a hablarse en un pasillo de la 80ª. Asamblea General de las Naciones Unidas que se realizó en Nueva York.

En ese foro multinacional, entre bromas y elogios, decidieron reunirse la próxima semana para limar sus diferencias políticas. “Me pareció un hombre simpático, Realmente me gusta”, dijo el líder republicano, de 79 años.
Nadie puede negar el magnetismo del presidente estadounidense. Sin embargo, muchas veces sus reflexiones generan polémica como cuando defiende al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, acusado de supuestos crímenes de guerra contra los palestinos en Gaza, niega el cambio climático o desprecia a la inmigración ilegal.

Su megalomanía no tiene límites. Da risa oírlo hablar bien de Estados Unidos. De acuerdo a su extensa carrera política, y a sus apariciones como presentador televisivo, Trump siempre fue un hombre algo exagerado para hablar de sí mismo o de la historia de su país.

Después de denostar públicamente a varios líderes mundiales, como el líder norcoreano, Kim Jong-un, el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, o el mismo Lula, el líder republicano los ha reivindicado públicamente de acuerdo a sus intereses.

En cuanto a Brasil, la administración republicana impuso aranceles del 50% por ciento a las importaciones brasileñas, expresando así su malestar por el juicio que condenó al ex presidente brasileño, Jair Bolsonaro, por un intento de golpe de Estado para evitar que Lula asumiera la presidencia en 2023.

Trump defendió al ex mandatario (2019-2023) señalando que su proceso fue similar al que vivió el magnate luego de que un grupo de sus seguidores intentara asaltar el Capitolio, tras el triunfo de Joe Biden en enero 2021. Pero, el 13 de febrero, el Senado absolvió al presidente norteamericano.

“El encuentro entre Lula y Trump, en medio de la crisis con Bolsonaro, no es solo un episodio diplomático: es un reflejo del momento político global”, opinó el analista Gustavo Alejandro Cardozo, experto en las Relaciones de China con América Latina.

En declaraciones a la agencia Nuevas Palabras, el académico del Centro de Estudios e Investigaciones Brasileñas afirmó, además, que entre los dos gobernantes, “hay drama, intereses estratégicos y un gesto humano que parecía inesperado —un abrazo y la promesa de diálogo— que rompió la narrativa de confrontación total”.
Ahora, lo que interesa al ciudadano brasileño es si esto traerá cambios reales: ¿se reducirán las tensiones comerciales? ¿Mejorará la relación bilateral? Este hecho demuestra que la política no solo se juega con discursos y en los tribunales, sino también en la química personal de los mandatarios”, dijo el analista.

Para Cardozo, “el desafío real es transformar estas conversaciones en compromisos efectivos que superen las diferencias y fortalezcan la confianza pública, especialmente en el caso de Brasil, donde los cuestionamientos hacia la gestión del (gobernante) Partido de los Trabajadores (PT) se han incrementado”.

El investigador explicó que “una parte de la sociedad brasileña (los seguidores de Bolsonaro) vieron la acción de la justicia contra éste como una persecución política. También es cuestionada la política exterior” de Lula.

De todas formas, es probable que Trump siga pidiendo la libertad de Bolsonaro (foto), del que fue un gran aliado durante su primera presidencia (2017-2021).

Algunos analistas dicen que, después del encuentro en la ONU entre los dos jefes de Estado, ha comenzado la carrera para las elecciones presidenciales brasileñas en 2026.  Tanto Brasilia como Washington tienen intereses industriales y tecnológicos en común. Pero Lula advirtió que la soberanía de Brasil no está en discusión, ni con el presidente de Estados Unidos, ni con cualquier otro jefe de Estado.

“La buena química entre las personas ayuda a las relaciones entre los dos países”, dijo el mandatario, de 79 años, un obrero metalúrgico que llegó a ser tres veces presidente de Brasil.

Durante sus dos primeros mandatos (2003-2010), Lula sacó de la pobreza a más de 30 millones de personas, con su programa “Hambre cero”, creando una nueva clase media, según informes del Banco Mundial.

Pero luego fue salpicado por un escándalo de corrupción por el que estuvo en prisión durante 580 días, hasta que un juez del Tribunal Supremo de Brasil anuló cuatro procesos contra el mandatario por la “Operación Lava jato”.

Al final, la justicia entendió que al líder del PT no se le habían respetado sus derechos, tras ser acusado de corrupción pasiva y lavado de dinero, durante un proceso llevado a cabo por el entonces juez Sergio Moro. También se comprobó que dicho magistrado había sido “parcial”.

Por NP