BUENOS AIRES (ANP).- Imaginen que un día nos levantamos y vemos que todos nuestros mensajes, correos y audios conteniendo desde las nimiedades de la vida cotidiana hasta las «cuereadas» a conocidos, sin mencionar quizás secretos oscuros, se hicieron públicos. Que todo lo que dijimos alguna vez en voz baja y en confianza de pronto está disponible para que se entere todo el planeta.

Eso fue exacto lo que le pasó a muchos funcionarios y estadistas de todo el mundo hace 15 años cuando el 28 de noviembre de 2010 estalló el escándalo de WikiLeaks, un sitio web que filtró papeles del Departamento de Estado estadounidense, en un caso conocido como el Cablegate.

En resumen, se trató de un terremoto político internacional desatado por documentos altamente sensibles que publicó Julian Assange, fundador y director de WikiLeaks, un periodista y activista de internet australiano que, al parecer, nunca tuvo todos los patitos en fila, pero que al fin y al cabo lo único que hizo fue publicar información real.

Pero la de Assange no es la historia que nos ocupa hoy, sino la que sucedió al día siguiente, el 29 de noviembre de 2010, cuando el escrutinio de los documentos reveló tremendas críticas de funcionarios de distintas partes —entre ellos la entonces Secretaria de Estado, Hillary Clinton— sobre el matrimonio Kirchner.

Hillary y Cristina, envueltas en el escándalo de los WikiLeaks

Pobre Hillary, después de leer los periódicos habrá rogado nunca en la vida volver a cruzarse con una furibunda Cristina, ni en el G-20, ni en un evento de beneficencia, y menos en un shopping de Miami de esos que la entonces presidenta argentina amaba frecuentar.

De todas formas, fuerte como es, Hillary se tomó unos días para juntar valor y finalmente llamó por teléfono a CFK para disculparse y «lamentar» la difusión de los cables. No sabemos qué le respondió Cristina pero como no habla inglés, suponemos que no se entendieron y la cosa no pasó a mayores.

La verdad, las barbaridades que había dicho Clinton eran tantas que las disculpas sobraban. Hillary había firmado reportes para el gobierno de Barack Obama en los que catalogaba a Cristina y a Néstor Kirchner de «ácidos, impermeables al consejo ajeno y paranoicos del poder», además de «ineptos en política exterior». Hasta llegó a dudar de la estabilidad mental de la presidenta argentina.

Tales lindezas, que fueron lo más suave de todo lo que dijo sobre el matrimonio presidencial, en particular sobre Cristina, eran bien sabidas al menos por la mitad del país, pero puestas en boca de una alta funcionaria de Estados Unidos y publicada en letras grandes en las portadas de todos los diarios era casi una tragedia.

Otra que quedó pedaleando en el aire fue Michelle Bachelet, para ese momento exjefa de Estado de Chile, quien dijo haber visto a Cristina «inestable» y con «instituciones débiles» en su gobierno, según uno de los documentos.

También trascendió que un alto funcionario del presidente José Luis Rodríguez Zapatero había expresando al gobierno estadounidense la preocupación de las empresas españolas por el alto grado de corrupción de la administración de Cristina.

Aquello fue una tortura para el gobierno de CFK porque cada día aparecía un dolor de cabeza nuevo. Pronto fueron cayendo los principales de sus alfiles, entre ellos Aníbal Fernández, que aparecía acusado de dirigir un equipo de inteligencia privado que vigilaba los emails de políticos y periodistas.

El ministro de Planificación, Julio De Vido —que no podía faltar si de manejos turbios se trataba— era mencionado por estar involucrado en contratos cuestionables que beneficiaban a Venezuela, mientras que a Ricardo Jaime, exsecretario de Transporte y actual presidiario, directamente era definido como «corrupto», como para no gastar tinta en explicaciones que sobraban.

Tampoco se salvó Néstor Kirchner, que por aquel año era expresidente. Los documentos filtrados hablaban de un país europeo que había pedido informes al advertir movimientos sospechosos de dinero que el exmandatario había realizado a través del ya célebre Lázaro Báez, su chofer devenido en testaferro y millonario.

En resumen, el escándalo de los WiliLeaks marcó un antes y un después en la protección de datos de la Casa Blanca que obligó a poner nuevas y más poderosas barreras para blindar la información de inteligencia. Ni hablar que para los Kirchner fue un motivo más para acrecentar la paranoia que ya les sobraba.

Sin embargo, a pesar de todas las revelaciones, nadie salió demasiado herido por las consecuencias salvo quien las publicó, el propio Assange.

Julian Assange

Tras la filtración en 2010, Julian Assange se convirtió en un paria, perseguido por EE.UU. por espionaje, y luego en un asilado en Ecuador, de donde finalmente lo echarían a patadas limpias.

Deteriorado física y mentalmente, enfrentó cargos por agresión sexual por los que fue exonerado si bien igual terminó en una prisión británica debido a los cargos de espionaje, intentando evitar su extradición a territorio estadounidense, donde incluso le podía caber la pena de muerte.

Su calvario finalizó recién el año pasado, cuando llegó a un acuerdo con el gobierno de EE.UU. para declararse culpable con una condena a prisión corta que no llegó a cumplir porque se le computaron los años que ya había pasado tras las rejas en Europa. En 2024 recuperó su libertad y logró ser reconocido como un preso político.

En cuanto a los protagonistas autóctonos de esta lejana historia, Néstor ya está más allá de cualquier daño, mientras que Cristina, De Vido y Jaime tienen problemas mayores.

Así fue como la historia de los WikiLeaks quedó en el pasado como una de las mejores pruebas de que es cierto aquello que decía Julio Grondona, que por tremendo que algo sea tarde o temprano irá a parar al olvido porque, al final, «todo pasa».

 

 

Por NP