BUENOS AIRES (ANP).- En diciembre de 2010 todo estaba a favor de los dirigentes kirchneristas y sus simpatizantes. Los planes sociales se multiplicaban, los subsidios a la energía crecían alegremente —y aunque la red energética ya comenzaba a fallar todavía faltaban tres años para que explotara—, el resultado fiscal no importaba y si no había empleo, el Estado lo creaba.
Pero no eran los tiempos más felices. Esos habían quedado empañados irremediablemente casi dos meses antes, el 7 de octubre, cuando el ya expresidente Néstor Kirchner falleció sorpresivamente durante la madrugada del mismo día en que se hacía el censo nacional. A partir de ahí se conocería la versión más radical de una Cristina Fernández sombría y golpeada por la muerte de su esposo y por los casos de corrupción que empezaban a asomar.
Por aquel entonces, un sonriente Amado Boudou era el que comandaba el Ministerio de Economía con todo el aparato político a su favor y el pleno apoyo de la presidenta. Nadie hubiera dicho que surgiría el rumor de que había creado un grupo de gente abocada a espiar los mails de sus propios funcionarios y empleados. Ese mismo equipo también tenía la misión de leer con lupa las notas de periodistas que criticaban las políticas del gobierno.
Clarín fue el primer medio en informar sobre el rumor, pero el 20 de diciembre de aquel año publicó la prueba: el facsímil de la Resolución 464 de Economía, que se había mantenido en secreto, donde se detallaba el plan para controlar archivos y mails. Por supuesto, muchos periodistas acreditados en el Palacio de Hacienda sospecharon que también habían sido blanco del espionaje.
Rápidamente, la oposición llevó el caso a la Justicia y al Congreso y con las pruebas sobre la mesa, Boudou aceptó la acusación aunque la explicación oficial fue que los trabajadores autorizaron a que accedieran a sus mails porque era necesaria una investigación, ya que habían aparecido muchos correos falsos. Y Boudou no se preocupó más por el tema, al contrario, hasta comenzó su carrera para postularse a Jefe de la Ciudad de Buenos Aires.
En el medio, el entonces secretario de Transporte, el hoy presidiario Ricardo Jaime, también hacía de las suyas tirando más leña al fuego. En su caso, eran miles de mensajes de uno de sus asesores que hablaban de negociados en la compra de material ferroviario y trenes a España.
Pero volviendo a los mails de Economía, solo unos pocos medios críticos se ocuparon de un tema que, frente a los cortes de luz, el calor, la Navidad llegando y otros muchos dramas, a pocos les cambiaba la vida. Solo periodistas y funcionarios estaban comiéndose las uñas.
En aquel momento, el medio LPO informó que tenía testimonios de empleados públicos que aseguraron haber sido obligados a dar su consentimiento para que abrieran sus casillas de correo porque ni no firmaban los formularios no podían acceder a las computadoras, y porque además circulaban amenazas de despidos.
Pero todo vuelve, como mucha gente dice. Boudou se convirtió en vicepresidente de la Nación no mucho después y se mudó al Senado, donde se lo veía claramente aburrido en los maratónicos debates legislativos. Luego vino el desamor de Cristina, la indiferencia de sus pares, y con el tiempo las denuncias que siempre habían estado pero que ahora, sin madrina política, lo preocupaban.
¿Y qué pasó con la denuncia por espionaje en la Justicia y en el Congreso? Nada, por supuesto. Ahí quedó como muchas otras denuncias en su contra. Finalmente, serían los cargos de cohecho pasivo y negociaciones incompatibles con la función pública en el caso Ciccone los que llevarían a Boudou a una sentencia de 5 años y 10 meses de prisión tras un largo proceso judicial. Fue liberado luego de cumplir dos tercios de la pena.
¿Aprendió algo de todo eso? Nada, por supuesto. En 2020, habló en un reportaje a Página 12 sobre una denuncia por un sistema de escuchas en el sector donde estaban encarcelados muchos empresarios y exfuncionarios de las gestiones kirchneristas. Increíblemente, repudió el espionaje por el que acusó al gobierno de Mauricio Macri, a quien calificó como «el eje central de una organización criminal».
Esta historia es una pequeña muestra de las vueltas que da la vida y de las mañas de las que se sirven quienes eligen tener memoria selectiva.
