BUENOS AIRES (ANP).- Año 2005, al otro lado del Atlántico. La marca deportiva Nike lanzaba una campaña promocional a instancias del FC Barcelona para mostrar a la afición a las jóvenes promesas del fútbol que albergaba en la residencia La Macía, donde se formaban niños y adolescentes que soñaban con un lugar en el panteón de los dioses como Pelé, como Diego Maradona.

Uno a uno, iban pasando con la vista fija en la cámara, algunos un tanto cohibidos, un grupo de casi niños: Carlos Coto, Jonathan dos Santos, Ismael Hamdaoui, Ana Narbona, Duque. El desfile cerraba con un jovencito de 17 años, flequillo rebelde, mechas castañas llegándole a la base del cuello. Rápido, con voz suave, decía como un mantra: «Recuerda mi nombre: Leo Messi».

Desde ese video premonitorio pasaron 21 años en el que se escribió una leyenda que, sin desmerecer a los grandes del fútbol, sobrepasó a todos quienes lo precedieron y, probablemente, a varias generaciones por llegar.

Ahora todos los futbolistas, los que ya partieron, los que todavía son recordados por sus logros, quienes fueron contemporáneos y los que aún están pequeños y soñando con una cancha de fútbol, tendrán que aprender a vivir a la sombra gigante que deja el genio de la pelota, el «extraterrestre», el distinto, el impredecible, el Mozart del balompié.

Atrás deja gambetas increíbles, goles del siglo al estilo Maradona pero multiplicado por decenas de veces. Para el país que lo vio nacer en Rosario, deja un oro olímpico con la selección juvenil, dos Copa América, una Copa Mundial, dos subcampeonatos y muchas, muchas salvadas épicas, jugadas memorables que hicieron la diferencia entre la eliminación del seleccionado y el pase a la gloria.

Al Barcelona, el equipo que lo recibió, lo formó y lo vio crecer, le deja una historia inolvidable de supremacía que fue el tormento de los rivales, le deja una época de oro del club que hoy es un recuerdo. Y muchos, muchos goles, Balones de Oro, y récords de los que ya perdimos la cuenta.

Pero quizás su aporte más valioso se haya visto en el último mundial, donde lideró como ninguno de sus antecesores a un equipo hasta convertirlo en un ejército sin fisuras. Como si fuera poco, unió a los argentinos en un solo grito, todos —kirchneristas, macristas, mileistas, apolíticos y desencantados— coincidieron en que dio todo y fue el capitán más aguerrido que haya tenido Argentina en una cancha. Rindió a sus antiguos detractores y, por un tiempo, dinamitó la grieta del país.

En el camino que recorrió siguiendo su estrella resignó mucho porque no se gana tanto si no se pierde en la misma proporción. Dejó atrás la niñez con los amigos del barrio, la cercanía con su mamá y hermanos, sus costumbres, su canchita de cuando jugaba como infantil. Entró a un claustro desconocido y se aguantó la adaptación, el desarraigo, el volver a empezar con toda su timidez a cuestas.

Ya consagrado, también aguantó. Soportó la presión de buena parte de los hinchas y de la prensa argentinos para que consiguiera todo por ser el mejor, porque el precio de ser el Número Uno es ser el primer culpable a la hora de caer. Y se cayó al suelo muchas veces, más veces de las que se levantó a festejar.

Sin embargo, en una lección apabullante e inédita de resistencia, se levantó una y otro vez, lo siguió intentando aunque le costara críticas despiadadas de periodistas que hoy deberían estar pidiendo perdón de rodillas, de hinchas anónimos que descargaban sus propias miserias escribiendo necedades en las redes sociales en su contra. Fue un ejemplo de resiliencia, coraje y fe.

Pasaron dos décadas y el tiempo con sus estragos y finales nos recordó que todo tiene que concluir tarde o temprano porque ni la felicidad ni la desdicha están a salvo de la ley de lo efímero. Hoy, 31 de agosto de 2026, a menos de un mes de la muerte de su papá, manager y guía, aceptó el vencimiento del plazo y anunció su retiro de la Selección nacional.

Su nombre, Leo Messi, queda grabado. Se recordará.

 

Por NP