BUENOS AIRES (ANP).- Qué se puede decir que ya no se haya dicho sobre la inmortal obra de Mary Shelley, quien plasmó en papel aquella visión pesadillesca que rondaba su joven mente en 1818. Su novela Frankenstein o El moderno Prometeo tiene casi tantas versiones y secuelas como su archirrival Drácula, pero con la ventaja de una historia profunda que la sostiene, que sondea los más tremendos temores del alma humana.

Su atractivo es tan grande que nunca dejan de llegar las adaptaciones, y esta vez fue Netflix la que convocó a Guillermo del Toro para dirigir esta cinta de dos horas y media (en la que sobran 60 minutos, sin ninguna duda). Aquí Oscar Isaac es el lunático científico Víctor Frankenstein mientras que Jacob Elordi interpreta a La Criatura. El rol de Elizabeth recayó en Mia Goth.

Empecemos por lo destacable, que lamentablemente no es tanto: la fotografía. Habría que levantar un monumento para los genios como Dan Laustsen, director de Fotografía de este film, cuya maestría es equiparable a la de John Alcott, que embelleció los mejores trabajos de Stanley Kubrick, o a Néstor Almendros, que brilló en Días de cielo (1978).

Esa increíble fotografía, sumado a la música, la ambientación y el vestuario terminaron por hacer del Frankenstein de Del Toro una colección de postales bellísimas donde los colores se combinan para recrear un mundo de ensueño. Es algo que el prestigioso cineasta mexicano sabe hacer, y muy bien.

Lo que hace que esta Frankenstein sea un intento de tantos es la duración de la película, lo tedioso que se vuelve el parlamento en varias momentos, la sobreactuación de Oscar Isaac —que no llega al absurdo de Kenneth Branagh cuando hizo de Víctor en 1994— pero que le va a la saga.

Del Toro priorizó la estética para construir a su Criatura

El otro factor es el monstruo, lo que es más que entendible. Cuando James Whale estrenó su Frankenstein en 1931, el cine de terror estaba en pañales y la cara de Boris Karloff con un poco de maquillaje más dos tornillos en las sienes eran más que suficientes para asustar. Pero casi un siglo después, los cineastas tienen que pensar mucho hasta hallarle una vuelta de tuerca a clásicos como este, archirrepetidos.

El resultado fue un joven actor de rasgos agradables caracterizado apenas con un tono de piel ceniciento y varias cicatrices prolijas que no alcanzan a ocultar su atractivo. Un monstruo tuneado para justificar un inesperado giro del argumento (y aquí nos plantamos para no spoilear) que no hacía falta, que no aportó nada.

En cambio, del final se puede hablar un poco porque es tan conocido que a eso no se le puede llamar spoiler. La película de Del Toro se basa en la novela original, por lo que la historia empieza y termina en el Polo Norte con la Criatura perdiéndose en la nada por voluntad propia, harto de sufrir, luego de ver sucumbir a Víctor por remordimiento.

La diferencia que quita más dramatismo es el final de Elizabeth, que en la historia original les da al irresponsable creador y al desdichado creado una brutal lección de dignidad que aquí se pierde por ese giro ya mencionado. Los muy románticos quedarán conmovidos, pero si Mary Shelley se levantara de la tumba, Guillermo Del Toro tendría un problema.

Boris Karloff encarnó al Frankenstein más famoso de todos los tiempos

Por supuesto, gustos son gustos y si esta versión se compara con la de los años 90, casi que empataría porque si bien tiene sus puntos más fuertes, también los tiene más débiles. Con la película de 1931 no se puede comparar porque son dos mundos distintos, con públicos separados por casi un siglo. Aquella película era directa, concisa y con un monstruo que sí asustaba.

Pero quien haya visto todas o casi todas las versiones de la novela de Shelley, seguramente coincidirá en que la más grande de todas fue la sátira del genial Mel Brooks, quien en 1974 estrenó El joven Frankenstein con un elenco impecable: Gene Wilder como Víctor, Peter Boyle como La Criatura, Madeline Kahn como una estrafalaria Elizabeth, y Marty Feldman como Igor, el hilarante jorobado que no forma parte del libro. Todos ellos, junto con el propio Brooks, construyeron una de las mejores comedias de la historia. Y que el alma de Mary Shelley nos perdone por decirlo.

Por NP