BUENOS AIRES (ANP).- Todos los seres humanos, en cuanto libres, tienen proyectos de vida. Solo el ser humano es capaz de formular proyectos, no podría existir sin proyectar; la libertad es un proyecto. Ser es proyectar.

Un proyecto equivale a un plan u ordenación que dirige la acción futura. Y dentro de ese estar en el mundo y crear significado a la vida, se ubican los proyectos de cada persona.

Para Jean-Paul Sartre, la libertad no es una cualidad añadida al ser humano, sino la estructura misma de la existencia: el ser humano primero existe, se encuentra en el mundo y, a través de sus actos, va diseñando su propio proyecto de vida.

La frustración de estos proyectos podría desencadenar una desestabilización emocional que provocaría una alteración de índole psicológica, un daño. El jurista y académico peruano Carlos Fernández Sessarego afirmó en sus trabajos que “el daño al proyecto de vida se asocia al concepto de realización personal, que se sostiene en las opciones para conducir la vida y alcanzar el destino propuesto”.

Esta teoría, que fue adoptada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), señala entonces que la frustración del proyecto de vida del individuo estaría formando parte del daño o alteración en su psiquismo como totalidad, impidiendo su libertad, el decidir por sí mismo, influyendo así sobre el bienestar psíquico, familiar, grupal y social. Es decir, a su salud integral.

La salud mental debe concebirse entonces como inherente a la salud integral y al bienestar social de los individuos, familias, grupos humanos, instituciones y comunidad.

Desde esta perspectiva, tienen lugar y definen sus interacciones los fenómenos políticos, los valores socioculturales, las relaciones histórico-sociales, las vicisitudes de los conjuntos humanos y los efectos que generan en las formas de vida los enfrentamientos por el poder.

Desde mi experiencia, durante muchos años, considero que en el actual momento, y entre las generaciones que componen el tejido social, se está produciendo un daño, una omisión del Estado; una ausencia, un descuido o incumplimiento de esa obligación, por no actuar cuando la ley lo exige.

Hay una voluntad de destruir al Estado, para no cumplir con las funciones inherentes al mismo. Los deberes del Estado para con los ciudadanos son proteger los derechos y libertades, para lo cual debe tomar medidas para prevenir, sancionar y eliminar las prácticas de aislamiento, abandono, hacinamiento, discriminación y otras, en cuanto a la protección de los derechos a la salud, a la educación y la cultura, a la libertad de expresión y de opinión, al acceso a la información, a la libertad de circulación, derecho al trabajo y la seguridad social, derecho a un ambiente sano, a derechos políticos, civiles y sociales, a la participación política, de reunión y asociación.

Existe hoy entonces en Argentina –y también en el mundo- lo contrario a la figura de “iatrogenia” (daño involuntario pese a haber aplicado el tratamiento correcto) desde los propios organismos gubernamentales sobre un gran porcentaje de la población, porque tiene el agravante de ser doloso, malintencionado y con cierto componente de sadismo e impostura manifiesto y explícito.

Es necesario crear otro imaginario colectivo, que permita nuevos proyectos frente a este modo impiadoso de hacer política despojada de sentido, ya que cumple las acciones sin que se tengan en cuenta los efectos que se van a producir humanamente.

La cuestión es el vaciamiento del sentido humano de las acciones económicas y políticas, porque existe un desconocimiento mutuo entre el Poder y la Sociedad.

(*) La Lic. Lia Speratti es psicóloga, investigadora y docente, con más de 50 años de experiencia en las relaciones entre individuo y sociedad.

Por NP