BUENOS AIRES (ANP).- Nadie puede decir que se haya sorprendido con la noticia de su muerte porque el propio cantante ya había aceptado hace mucho que «Mr. Parkinson» —como llamaba a su cruel enemigo— venía pisándole los talones. Resistió más de una década con los bemoles, enojos y reconciliaciones que atraviesan todos los que van perdiendo sin prisa ni pausa el control del propio cuerpo, pero el día de la rendición llegó. Este 5 de junio falleció el Indio Solari, líder de la legendaria banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y artífice de una mística que solo desaparecerá con el último de sus fans.
Fue un músico extraordinario, distinto, autor de verdaderos himnos del rock, ícono de una época de cantantes que llamaban a romper cuanta regla existiera y uno de los máximos exponente de la rebeldía, cuando esa era la excepción y no, como hoy, la generalidad. Venerado hasta lo patológico por sus fans, «los ricoteros», y criticado por su estilo de vida aburguesado y bastante lejano de su prédica socialista, el Indio Solari deja una obra musical superlativa que le otorga un merecido lugar entre las deidades del rock nacional.
Pero aunque su legado continuará vivo mientras quede en pie un solo ricotero en esta tierra, la muerte de Indio Solari, nacido en la ciudad entrerriana de Paraná como Carlos Alberto Solari, sin duda pone fin al sueño de adolescencia en la adultez, ese raro estado en el que muchos quedan atrapados por alguna vuelta de la vida, cuando deciden estirar ese tiempo feliz. Mientras ese lugar, ese algo o ese alguien que los conecta a ese pasado de esplendor continúe, sigue también ese sopor en la vigilia, la ilusión de que la fiesta sigue como si el tiempo no corriera implacable.
Hoy, la fiesta para los ricoteros terminó con la noticia de la muerte del Indio a los 77 años, que dejó al mundo del rock y sus fans en shock . Es cierto que hace tiempo que estaba retirado, impedido por los estragos del Parkinson, pero mientras estaba vivo, persistía ese hilo que todavía los conectaba. Y la respuesta al fin fue inesperada: en cuestión de horas se lanzó una convocatoria descomunal para despedir sus restos, para venerarlo una vez más.
Claro que la convocatoria puso de cabeza al gobierno, que debió improvisar un gran despliegue de seguridad para contener una afluencia masiva de dolientes, y no precisamente de los pacíficos. No lo eran cuando seguían a la banda tiempo ha, y probablemente hayan criado nuevos adeptos con menos modales que sus progenitores. Martín Menem, el jefe de la Cámara de Diputados, fue el primero en desligarse rápidamente de semejante papa caliente al negarse rotundamente a abrir las puertas del Congreso para un velatorio incontrolable.
La cita, finalmente, comenzó esta tarde en Plaza de Mayo, donde ya se registraron disturbios y enfrentamientos con la Policía. Tal como sucedía en las presentaciones de Los Redonditos en sus años de esplendor.
En las primeras imágenes que captaron los medios se pudo ver jóvenes, cuarentones y cincuentones llorando desesperadamente, como si hubieran perdido un pariente. Un psicólogo podría hacerse un festín analizando por qué tanta gente eludió la madurez y siguió idolatrando a una banda con la misma irracionalidad de los 17 años.
La ola de fans que por estas horas se desgañitan de dolor quizás lloren en parte por aquel ídolo musical pero seguramente mucho más por el fin de su sueño adolescente que culminó hoy abruptamente. Los años se fueron, ya no hay pogo —el más grande del mundo», como una vez prometió el Indio Solari—, no más recitales apoteóticos, no más mística ni ritual ni locura.
En algún momento, el Indio Solari tomó la decisión de salirse de lo establecido y retar al caretaje. Llamó a copar los sitios donde se presentaba sin medir que la rebeldía sin motivo claro lleva sin escala a un descontrol sin sentido. El mensaje era oponerse al neoliberalismo, al capitalismo, a los aristócratas, a la Policía, al orden, a todo, y así logró hacer de su música casi una religión. Los fanáticos que creó lo llevaron a la cima, pero con un costo.
El precio fue que un día lejano del año 2000, en River, los desmanes se salieron de control y hubo heridos. Toda esa rebeldía que había abonado con esmero y seguramente sin mala intención se había desbordado y vuelto ingobernable. Esa noche, el Indio pidió a todos que se calmaran pero no era calma lo que había predicado. Era tarde. Terminó de tocar por respeto al público pero dijo en voz alta que probablemente no volverían a presentarse en vivo.
Por supuesto, no fue su culpa. El Indio Solari puso en movimiento una mística que muchos adoptaron para liberar la propia violencia que tendrían latente. Al día siguiente, lanzó una frase famosa: «Vamos a hacer lo que la prensa ha dado en llamar el pogo más grande del mundo». El Indio terminaría responsabilizando a la prensa de haber alentado y arengado la violencia que finalmente estalló en su propia cara, en un show.
Ahora, los ricoteros seguirán su fiesta mística pero con el entendimiento de que ya no son adolescentes, que nunca estuvo en los planes del universo que la fiesta fuera eterna. Por su parte, el Indio Solari podrá descansar en paz libre al fin de Mr. Parkinson y con la tranquilidad de haber honrado a la música y su arte hasta donde la salud se lo permitió.
