BUENOS AIRES (ANP).- Aunque los fundamentalistas de Toy Story sostengan que la tercera entrega fue la perfecta y la que cerraba el círculo sin fallas, si algo tiene de especial esta saga es que aquí no sobra ni falta nada porque si la primera y la segunda marcaron el camino, la cuarta y la más reciente nos enseñan que todo tiene su tiempo y que, a su debido momento, debe concluir.

Justamente, Toy Story es eso, un paralelo con el derrotero de la vida. Porque si bien es probable que haya nacido como un mero cuento infantil, se convirtió a lo largo de 31 años en una reflexión sobre esa evolución con la que todos nos identificamos de una u otra forma.

Es así que en Toy Story 1 podemos reconocer la despreocupación y la alegría de la infancia, los juegos, los celos que de niños no nos parecía necesario disimular, y la tranquilidad de que todo es para siempre. En la segunda, el entrañable comisario Woody (Tom Hanks) nos recuerda un poco a la adolescencia, cuando empiezan a rondar las dudas y las primeras sospechas de que la amistad, como el amor, no necesariamente duren.

Toy Story 3 es perfecta, estamos todos de acuerdo, porque combina las aventuras y los diálogos desopilantes de estos juguetes alocados con un villano de aquellos y un final que conmueve hasta las lágrimas. En esta película ya nos vemos como adultos jóvenes, con la aceptación tanto de Andy como de Woody de que debían dejarse ir mutuamente para crecer.

En cambio, muchos odiaron Toy Story 4 porque no le encontraron sentido y porque en ella Woody adopta una filosofía totalmente distinta a la que siempre había predicado (o quizás, quien sabe, porque gran parte del público tampoco se resignó a soltar a Andy).

Sin embargo, esta película tuvo una contribución fundamental: nos mostró a un protagonista que había cambiado, que elige atesorar en el corazón la felicidad vivida pero aceptando que ya era parte del pasado y que opta por abrazar el futuro, iniciando su propio camino. Algo que a cualquiera que haya pasado los 45 le puede sonar familiar.

Por eso, Toy Story 5 es simplemente imprescindible. La trama arranca con un ejército de Buzz Lightyears que acaban en una isla tras un accidente y que despiertan sin conciencia de que no son verdaderos guardianes del espacio sino tan solo juguetes.

Mientras tanto, la vaquerita Jessie (Joan Cusack) junto con Buzz (Tim Allen) y sus amigos se enfrentan a la tecnología como gran enemiga, que los desplaza de la atención de la niña Bonnie (Scarlett Spears). Es por eso que recurrirán a su gran amigo Woody para que regrese y les ayude en esa guerra perdida de antemano.

Pero si bien el planteo es atrayente y muy actual, la última Toy Story no es ni por asomo tan divertida como las anteriores porque la interacción entre los juguetes que acompañaban a Woody en sus aventuras es escasa. Son mínimas las acotaciones locas de Rex (Wallace Shawn), no están las peleas del Señor Cara de Papa (Don Rickles (†) / Jeff Bergman) con Hamm (John Ratzenberger), y hay poca dosis de la ternura del perrito Slinky (Jim Varney). Tampoco hay casi espacio para los simpáticos juguetes que se fueron sumando en la tercera y cuarta entrega.

En cuanto al mensaje que busca transmitir —una advertencia por la desconexión social de nuestros preadolescentes debido al uso y abuso de la tecnología— resultó demasiado directo, rayando en lo burdo, aunque apunte a un peligro real de nuestros tiempos. Sí hay que darle un punto a favor por la exasperante villana, Lilypad (Greta Lee) que, sin ser una matona como era el oso Lotso Cariñoso, también sabe hacerse odiar.

Salvo unas pocas líneas hilarantes y una escena alucinante de Buzz con el ejército de Buzz Lightyears, Toy Story 5 es casi siempre emotiva. Definitivamente, gana la nostalgia, la pena, la añoranza de lo que fue y ya no será, y el espectador que haya ido al cine esperando grandes dosis de lo anterior saldrá un poco desilusionado. Por supuesto, la última escena es bella, y eso nos hace reconciliar con la película.

¿Por qué Toy Story 5 es, a pesar de todo eso, imprescindible? Porque el final, por nostálgico que sea, es un capítulo fundamental en toda buena historia, en cualquier vida. Woody nos recuerda que cuando una etapa feliz se cierra otra diferente aunque plena puede empezar, mientras que Jessie nos confirma que las heridas pueden sanar, que es necesario aceptar el cambio y que hay que saber marcharse en paz, agradecido de haber sido parte de un tiempo feliz.

Por NP