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Perón-Perón: La fórmula del éxito que terminó en desgracia El 4 de agosto de 1973 se anunciaba la primera fórmula presidencial matrimonial en Argentina

Buenos Aires, ago 4 (ANP).- Esta es una de esas historias que uno puede contar con un pañuelo en la mano, con toda la solemnidad que requiere el relato de una tragedia, o bien tomarlo para el lado de la chacota y aceptar que los grandes desastres, vistos a la distancia, se convierten en comedias absurdas.

Yendo por una línea intermedia, diremos entonces que hace 45 años en la Argentina convulsionada por la guerrilla, con el intento definitivamente trunco de unir fuerzas con la UCR en la fórmula Perón-Balbín que nunca vería la luz, el Partido Justicialista le anunció al país que la dupla con la que iba a competir en las presidenciales de septiembre de 1973 sería Perón-Perón.

La segunda parte del binomio era nada menos que la esposa de entonces de Perón (la tercera y última), una tal María Estela Martínez, que el ex presidente había conocido en Panamá durante su exilio. Conocida como Isabel o “Isabelita” en sus tiempos de bailarina de cabaret, se convirtió en un elemento más para que los opositores pudieran defenestrar la propuesta peronista. ¡Una cabaretera iba a ser vicepresidenta de la Nación! Hoy, en tiempos donde reinan los mediáticos, eso sería un punto a favor pero entonces era una locura colocar en ese lugar a alguien sin ningún conocimiento de la política.

Para los seguidores del PJ y para la clase obrera que había estado soñando con la vuelta del General con la certeza de que eso iba a ser el pase a la felicidad, Isabelita era a lo mejor un consuelo, un resabio del poder femenino que se había ido a la tumba con Eva Duarte. Y los partidarios también acataron porque de alguna manera, la idea de llevar a la esposa como compañera de fórmula iba a iniciar esa costumbre bien peronista de intentar siempre que todo quede en familia.

Ya se había intentado crear esa épica del poder asociado al amor de la familia en el primer mandato de Perón, cuando se habló de nombrar a Evita como vicepresidenta, algo que los militares no aprobaron y que se dice que el propio Perón temía. Evita era una fuerza arrolladora que podía llevarse todo puesto, incluso al hombre que la había llevado al lugar de jefa espiritual de la Nación.

En la historia reciente hay casos de políticos del PJ que capitalizaron el vínculo marital, como lo hicieron Eduardo y Chiche Duhalde, o en el caso de Sergio Massa y Malena Galmarini. Aunque no hay duda de que las palmas se la llevan Néstor Kirchner y Cristina Fernández: no hay ejemplo más contundente de una dinastía donde el poder pasa de esposo a esposa, y de ahí a los hijos. Un perfecto plan de alternancia que sólo la muerte supo desbaratar.

Del cabaret al exilio

Han pasado 45 años desde que esa mujer simple fue ungida para postularse como vicepresidenta del PJ, pero los motivos de esa elección siguen siendo materia opinable. ¿Por qué Perón, con todos los colaboradores y aliados que tenía, se decidió por alguien sin ningún conocimientos ni manejo político previo, vulnerable al extremo en el caso bastante probable de quedar sola en el gobierno?

En su momento se dijo que el Perón que había hecho semejante elección ya no era el estadista de su época de oro sino que era un hombre ya viejo y enfermo, influenciado por el siniestro y célebre secretario José López Rega, que veía en Isabelita una forma de apropiarse del poder cuando el viejo General ya no estuviera en condiciones de gobernar.

La historiadora María Sáenz Quesada afirma que esa era la visión que tenía Montoneros, pero al contrario, esta especialista señala que el Perón que decidió dar el lugar de VP a su esposa tuvo toda la lucidez necesaria para sentir ese acto como un símbolo “de su reivindicación, su regreso, y de su gloria”. Por decirlo de otra forma: cualquier otro apellido en la segunda parte de la fórmula que no fuera el suyo propio hubiera apagado la épica tan propia del colorido folklore peronista.

Isabelita y López Rega

Sáenz Quesada también refiere que Perón recién se decidió por Isabelita cuando entendió que el intento de unir fuerzas con Ricardo Balbín no sería posible y que solamente su esposa cumplía con la condición de ser una partidaria que no se identificaba ni con la izquierda ni con la derecha. Además, él contaba con que si se moría, Balbín estaría cerca para apoyarla en la lucha que le esperaba.

Claro que la suerte, como suele suceder, tenía otros planes y cuando Perón efectivamente falleció, la nueva Presidenta de los argentinos iba a depositar su confianza en López Rega, un camino que iba a llevar a uno de los períodos peores del país.

Un lugar en la historia

Para bien o para mal, provoque risa o no, aunque no tenga su lugar en el Salón de los Bustos de Presidentes de la Casa Rosada, la descabellada idea de colocar en la Presidencia a una bailarina no cambia que el nombre de María Estela Martínez de Perón esté escrito en la Historia como la primera presidenta de Argentina, elegida democráticamente como vice con el 61,85% de los votos (pasándole el trapo al amado 54% de Cristina), y como la primera jefa de Estado de América.

Después del golpe militar que la derrocó en 1976, después de cinco años de prisión, del exilio a partir de 1981 en España, después de los intentos de extradición en su contra y de un breve paso por la Argentina ya en tiempos de la vuelta de la democracia, Isabelita envejece en Madrid. Lo que experimentó y sintió en esos años sigue siendo un enigma.

Lo último que se supo de ella fue que publicó un aviso fúnebre el año pasado por el fallecimiento del sindicalista Gerónimo Venegas, quizás en homenaje a un recuerdo bueno en medio de aquel pasado tormentoso.

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